Recuerdo las espaldas del titán sin nombre
cuando me arrancó de cuajo el alma
elevándola hacia el cielo lejano y plomizo
que habían inventado los ojos del hombre.
Hubo nubes de tormenta y agonías,
el aire enrarecido laceraba mis entrañas,
se dormía el beso ausente en mi mejilla
mientras arañaba la oquedad
que no era mi fantasma todavía.
Quise rebelarme ante el viento y el granizo,
quise acorazar mis sentimientos
ante el embate ciego de penas,
ciego de glorias y ciego de brisas,
escuchando el eco templado,
auténtico y puro, que evocaba mi risa.
Le pregunté al viento del sur:
“¿Dónde desovará la vida sus frutos dulces?
Porque mis manos están vacías y yertas,
mis caminos sembrados de piedras y de cruces.”
Me contestó con su perfume de tiempos:
“Tal vez has equivocado la senda
deslumbrada por una estrella,
tal vez has torcido el rumbo corriendo
tras algún sueño.
¿De qué sirve lamentarse por el pasado
cuando debemos hilar el presente
para llegar al futuro del que somos dueños?”
Ya no recuerdo las espaldas de aquél titán,
pero sí el nombre que se me prendió como mil abrojos,
porque firmaba Soledad,
aunque no tenía sexo
y al comprenderlo, se velaron con lágrimas
mis ojos.
Queridos amigos, los dejo por unos días, pues debo viajar muy al sur de mi país, muy al sur del mundo... Les traeré los vientos fríos y puros de Río Gallegos, provincia de Santa Cruz, Argentina. ¡Hasta pronto!
cuando me arrancó de cuajo el alma
elevándola hacia el cielo lejano y plomizo
que habían inventado los ojos del hombre.
Hubo nubes de tormenta y agonías,
el aire enrarecido laceraba mis entrañas,
se dormía el beso ausente en mi mejilla
mientras arañaba la oquedad
que no era mi fantasma todavía.
Quise rebelarme ante el viento y el granizo,
quise acorazar mis sentimientos
ante el embate ciego de penas,
ciego de glorias y ciego de brisas,
escuchando el eco templado,
auténtico y puro, que evocaba mi risa.
Le pregunté al viento del sur:
“¿Dónde desovará la vida sus frutos dulces?
Porque mis manos están vacías y yertas,
mis caminos sembrados de piedras y de cruces.”
Me contestó con su perfume de tiempos:
“Tal vez has equivocado la senda
deslumbrada por una estrella,
tal vez has torcido el rumbo corriendo
tras algún sueño.
¿De qué sirve lamentarse por el pasado
cuando debemos hilar el presente
para llegar al futuro del que somos dueños?”
Ya no recuerdo las espaldas de aquél titán,
pero sí el nombre que se me prendió como mil abrojos,
porque firmaba Soledad,
aunque no tenía sexo
y al comprenderlo, se velaron con lágrimas
mis ojos.
Queridos amigos, los dejo por unos días, pues debo viajar muy al sur de mi país, muy al sur del mundo... Les traeré los vientos fríos y puros de Río Gallegos, provincia de Santa Cruz, Argentina. ¡Hasta pronto!


























