viernes, 16 de enero de 2009

El hombre y su quimera - (Para "El automóvil y la cultura", Radio Nacional)

La tarde de verano se desmembraba muy lentamente, atrapando al hombre que no lograba dejar sus huellas sobre la vereda porque el calor asfixiante las evaporaba al instante. Le pesaban esos pasos cansinos realizados por la obligación de cumplir con un trabajo mediocre y mal remunerado que no hacía más que aumentar su desasosiego y su abandono.

Hasta que en una cuadra cualquiera, eso no importaba, vio un auto pequeño, viejo y solitario casi como él mismo que ostentaba el lacónico cartel de “Se Vende”. Se detuvo un instante frente a él y creyó ver su propia alma metálica, tan carente de esperanzas y tan repleta de pesares.

Surgió entre ellos un brillo extraño, inmaterial, absurdo. En el auto, reflejado en sus cristales sucios y deslucidos. En el hombre, sobre sus ojos claros y expectantes. Era evidente, sin embargo, que algo tangente flotaba como un mágico halo en derredor de aquella escena surrealista robada a un tiempo distinto del nuestro. Nadie hubiera adivinado de qué se trataba, nadie hubiera podido dar crédito a un sentimiento surgido entre un hombre y una máquina...

Desde aquel día esperaban ambos el reencuentro diario y silencioso cimentado sobre la angustia de no saber cuándo el auto pasaría a ser propiedad de algún desconocido afortunado. El hombre comenzaba a desesperarse, contando día tras día los ahorros que nunca llegaban a sumar la cifra estipulada. Cada día perdía los estribos cuando estaba por doblar la esquina de aquella cuadra, esperando encontrar el lugar vacío donde él había hallado su tesoro de lata.

Al cabo de unos cuantos días interminables y grises, el timbre de una casa sonó con inusual insistencia. Poco después el hombre que lo había oprimido, el mismo hombre prisionero de su quimera, salía de la casa como si hubiera estado trasponiendo la puerta de una cárcel imaginaria, llevando entre sus puños apretados los papeles que lo convertían en el dueño del auto. Se aproximó a él. Fue como la ceremonia de un rito pagano donde algo, más allá del espacio, aceptaba aquella unión despareja y extraña.

El hombre abrió la puerta con el corazón palpitante, alerta. Se sentó en el asiento sucio y deslucido, en realidad incómodo, mientras las llaves resbalaban entre sus dedos sudorosos negándose a girar en la danza de la marcha. Al fin, con un rugido de triunfo, el auto viejo se puso en movimiento agradeciéndole al hombre por haberlo arrancado de su silencio, de su letargo obligado. Y el hombre...

Al hombre le crecieron ruedas y fue perdiendo sus pisadas. Las manos se le hicieron volante-palanca-cambios y olvidó el sentido del tacto que dejó grabado entre sus nostalgias. Sus ojos se abrieron en pequeños parabrisas y se aunaron en el brillo de metálicas miradas. Desde ese momento el hombre dejó de ser solamente hombre y el auto dejó de ser solamente máquina.

El camino cotidiano astillado de rutina hacia su trabajo, se había transformado desde ese momento y como por arte de magia, en una explosión de anhelos cumplidos y senderos de esperanzas
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5 comentarios:

Nirvana dijo...

Impecable. La autora sabe transportar desde lo más hondo de la infelicidad, frustración y negatividad hasta remontar, como surfeando en la cima de la gran ola oscura, a la apertura de la esperanza y la ilusión de un próximo y posible futuro mejorable.

pacheco dijo...

Un bello relato animista, excelentemente escrito. El hombre humaniza a la máquina, la cual se convierte en un símbolo de esperanza. La Literatura es tan mágica que puede convertir un cacharro en la metáfora de un futuro prometedor.

Nirvana dijo...

Pensado, agudo,mágico. No terminás de sorprenderme!

Liliana G. dijo...

Nirvana, agradezco tu vehemencia, de todo corazón.
Un beso, amiga.

Liliana G. dijo...

Es un gran gusto encontrarte en este sitio Pacheco, y saborear cada una de tus palabras que también son mágicas.
Gracias, un gran cariño.